Rincón de los poetas
Este espacio servirá para todos aquellos que tienen alma de poeta y quieran compartir sus poesías favoritas con todos nosotros.
Empezamos con el estribillo de la canción del lema de este año en el colegio: “Donde te lleve el corazón… de Champagnat”
DONDE EL CORAZÓN TE LLEVE ALLÍ TIENES TÚ QUE IR,
PORQUE HAY MÁS DE MIL RAZONES PARA SER FELIZ.
DONDE TE LLEVE EL CORAZÓN ALLÍ TÚ ME ENCONTRARÁS,
COMPARTIENDO EL CORAZÓN DE CHAMPAGNAT.
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Éstas son las aportaciones que se han hecho a este rincón:
- “Veinte poemas de amor y una canción desesperada“, de Pablo Neruda
- “En la imponente nave del templo bizantino“, de G.A. Bécquer![]()
- “Canción del pirata“, de José de Espronceda
- “Estar“, de José Luis Puerto
-”Última poesía“, de A.O.R.
6 comentarios a “Rincón de los poetas”
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Mayo 18, 2007 en 6:02 am
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Escribir, por ejemplo: ” La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos”.
El viento de la noche gira en el cielo y canta.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.
En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.
Ella me quiso, a veces yo también la quería.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.
Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como pasto el rocío.
Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche está estrellada y ella no está conmigo.
Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.
Como para acercarla mi mirada la busca.
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.
La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.
Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.
De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.
Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.
Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos,
mi alma no se contenta con haberla perdido.
Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.
Pablo Neruda: “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”
Mayo 24, 2007 en 9:39 pm
En la imponente nave
del templo bizantino,
vi la gótica tumba a la indecisa
luz que temblaba en los pintados vidrios.
Las manos sobre el pecho,
y en las manos un libro,
una mujer hermosa reposaba
sobre la urna, del cincel prodigio.
Del cuerpo abandonado
al dulce peso hundido,
cual si de blanda pluma y raso fuera,
se plegaba su lecho de granito.
De la sonrisa última
el resplandor divino
guardaba el rostro, como el cielo guarda
del sol que muere el rayo fugitivo.
Del cabezal de piedra
sentados en el filo,
dos ángeles, el dedo sobre el labio,
imponían silencio en el recinto.
No parecía muerta;
de los arcos macizos
parecía dormir en la penumbra
y que en sueños veía el paraíso.
Me acerqué de la nave
al ángulo sombrío,
con el callado paso que llegamos
junto a la cuna donde duerme un niño.
La contemplé un momento,
y aquel resplandor tibio,
aquel lecho de piedra que ofrecía
próximo al muro otro lugar vacío,
en el alma avivaron
la sed de lo infinito,
el ansia de esa vida de la muerte,
para la que un instante son los siglos………………………………
Cansado del combate
en que luchando vivo,
alguna vez me acuerdo con envidia
de aquel rincón oscuro y escondido.
De aquella muda y pálida
mujer me acuerdo y digo:
—¡Oh, qué amor tan callado, el de la muerte!
¡Qué sueño el del sepulcro, tan tranquilo!
Gustavo A. Bécquer
Junio 2, 2007 en 6:59 pm
LA CANCION DEL PIRATA
Con diez cañones por banda,
viento en popa a toda vela,
no corta el mar, sino vuela,
un velero bergantín;
bajel pirata que llaman
por su bravura el Temido
en todo el mar conocido
del uno al otro confín.
La luna en el mar riela,
en la lona gime el viento
y alza en blando movimiento
olas de plata y azul;
y ve el capitán pirata,
cantando alegre en la popa,
Asia a un lado, al otro Europa,
Y allá a su frente Estambul:
-Navega, velero mío,
sin temor
que ni enemigo navío,
ni tormenta, ni bonanza
tu rumbo a torcer alcanza,
ni a sujetar tu valor.
Veinte presas
hemos hecho
a despecho
del inglés
y han rendido
sus pendones
cien naciones
a mis pies.
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi Dios la libertad;
mi ley, la fuerza y el viento;
mi única patria, la mar.
Allá muevan feroz guerra
ciegos reyes
por un palmo más de tierra,
que yo tengo aquí por mío
cuanto abarca el mar bravío
a quien nadie impuso leyes.
Y no hay playa
sea cualquiera,
ni bandera
de esplendor,
que no sienta
mi derecho
y dé pecho
a mi valor
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi Dios la libertad;
mi ley, la fuerza y el viento;
mi única patria, la mar.
A la voz de ¡barco viene!,
es de ver
cómo vira y se previene
a todo trapo a escapar:
que yo soy el rey del mar
y mi furia es de temer.
En las presas
yo divido
lo cogido
por igual:
sólo quiero
por riqueza
la belleza
sin rival.
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi Dios la libertad;
mi ley, la fuerza y el viento;
mi única patria, la mar.
¡Sentenciado estoy a muerte!
Yo me río:
no me abandone la suerte,
y al mismo que me condena
colgaré de alguna antena
quizá en su propio navío.
Y si caigo,
¿qué es la vida?
Por perdida
ya la di
cuando el yugo
del esclavo
como un bravo sacudí.
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi Dios la libertad;
mi ley, la fuerza y el viento;
mi única patria, la mar.
Son mi música mejor
aquilones,
el estrépito y temblor
de los cables sacudidos
del negro mar los bramidos
y el rugir de mis cañones.
Y del trueno
al son violento,
y del viento,
al rebramar,
yo me duermo
sosegado,
arrullado
por el mar.
Que es mi barco mi tesoro,
que es mi Dios la libertad;
mi ley, la fuerza y el viento;
mi única patria, la mar
José de Espronceda
Junio 5, 2007 en 6:25 pm
Estar
Estar
En la armonía de quien nada pide
Sino sólo el lugar
Para su plenitud.
Estar en comunión con lo pequeño,
Con lo que pasa desapercibido;
Con los seres humildes
Que otra huella no dejan que la del sufrimiento.
Estar
¿Y qué es la vida
Sino esta travesía por un espacio hermoso
Que no nos pertenece?
Estar.
Dame tus manos,
Acoge mi dolor en tus estancias,
En la urdimbre más pura de tu ser.
Estar
En la estela del tiempo
Que nos despoja de lo amado,
Que nos lleva hasta el límite,
Hasta el umbral de sombra
Que una vez traspasado nos devuelve al misterio.
Estar
Despojado, ligero,
En la desposesión, pues nada es necesario
En esta travesía, en la estela del tiempo.
Estar y no pedir
Sino ser algún día
Lo que hemos amado.
José Luis Puerto
Junio 6, 2007 en 6:46 pm
¿Por qué me pides que te haga
una última poesía?
No sabes, que el recuerdo de tu mirada
de mi mente lanza una palabra,
que con la siguiente rima,
en un bonito vals, al compás
de ese tic, tac….. mana
igual que esa sonrisa que asoma
del sabor imaginario de tu boca.
Si quieres que se muera,
apuñálala con tu daga,
que yo no puedo terminar
con lo que de mis entrañas
a borbotones, no ha dejado de brotar
A.O.R.
Junio 10, 2007 en 10:38 am
Cántico del Dragón
Escuchad la canción de los sabios,
descendiendo del cielo cual lluvia de lágrimas,
purificando los años,
tañendo el Cántico de la Gran Leyenda de la Dragonlance.
Anterior al recuerdo o la palabra, hace muchos, muchos años,
en los primeros albores de la vida,
cuando las tres lunas ascendían sobre el regazo del bosque,
los inmensos y terroríficos dragones
sobrevolaban los cielos de Krynn.
De la Oscuridad de los dragones,
gracias a nuestros ruegos de Luz,
en la vacía superficie de la pálida luna negra
una Luz naciente brilló en Solamnia,
un poderoso caballero invocó a los verdaderos dioses
y forjó la poderosa Dragonlance,
atravesando el alma de los dragones,
apartando de las relucientes costas de Krynn
la sombra de sus alas
Así Huma, Caballero de Solamnia,
Portador de Luz, Primer Lancero,
siguió su Luz hasta el pié de las Montañas Khalkhist,
hasta los pies de piedra de los dioses,
hasta el agazapado silencio del templo.
Invocando a los forjadores de la Dragonlance,
tomó su indecible poder para aplastar al horroroso Mal,
haciendo que la graganta del dragón
engulliese la envolvente oscuridad.
Paladine, el gran Dios del Bien,
brilló al lado de Huma,
reforzando la lanza de su brazo derecho,
y Huma, resplandenciente bajo miles de lunas,
expulsó a la Reina de la Oscuridad,
expulsó al enjambre de sus ululantes huestes
devolviéndolos al reino sin sentido de la muerte,
donde sus maldiciones cayeron sobre un vacío absoluto,
lejos de aquella tierra iluminada.
Así acabó la Era de los Sueños,
y comenzó la Era del Poder.
En el Este apareció Istar, reino de luz y verdad,
donde minaretes de blanco y oro,
elevándose al cielo y a la gloria del cielo,
anunciaron el final del Mal.
E Istar, acunando y cantando a los largos veranos del Bien,
brilló como un meteoro
en los blancos cielos de lo verdadero.
Pero en la plenitud de la luz del sol
el rey de Istar vió sombras:
en la oscuridad vió que los árboles tenían dagas,
los riachuelos se oscurecían y espesaban bajo la silenciosa luna.
Buscó libros en los que hallar los senderos de Huma,
buscó pergaminos, señales y encantamientos
para que también él pudiera invocar a los dioses,
encontrar apoyo para sus fines,
y desterrar, así, el Mal del mundo.
Los dioses abandonaron el mundo
y llegó la hora de la Oscuridad y la muerte.
Una montaña de fuego asoló Istar
y la ciudad explotó como un esqueleto en llamas.
De fértiles valles nacieron montañas,
los mares se filtraron en las grietas de las montañas;
sobre los mares abandonados suspiraron los desiertos,
los amplios caminos de Krynn estallaron,
convirtiéndose en senderos de muertos.
Entonces comenzó la Era de la Desesperación.
Los caminos se mezclaron.
Vientos y tormentas de arena visitaron las ciudades.
Llanuras y montañas se convirtieron en nuestros hogares.
Cuando los antiguos dioses perdieron su poder
gritamos hacia el cielo vacío,
hacia el frío y desmembrado gris,
a los oidos de los nuevos dioses.
Pero el cielo está sereno, silencioso, quieto.
Y aún tenemos que escuchar su respuesta.
Al fin llegaron al este,
a la ciudad sumergida y malograda tras perder su luz azul,
los Héroes, los compañeros de la posada,
herederos de su culpa.
Salieron de túneles y de frondosos bosques,
de las bajas llanuras, de las cabañas de los valles,
de las granjas azotadas por los Señores de la Guerra
y las Tinieblas.
Servían a la Luz, a las llamas cubiertas
de la curación y la gracia
Desde tantos lugares, perseguidos por huestes enemigas,
por legiones frías y fúlgidas,
arribaron portando la Vara a la demolida ciudad,
donde, bajo la maleza y los trinos de los pájaros,
bajo el vallenwood, bajo la eternidad y la revuelta negrura,
se abrió en la penumbra un pozo
que invocó a la fuente de la Luz,
que atrajo esa Luz a la esencia de sí misma,
a la plenitud de su fulgor divino.